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El buen gusto

Paul Graham, Veblen y la mentira del gusto como meritocracia

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Natalia Mirapeix Bedia
mar 24, 2026
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Con eso de que el Metaverso ha cerrado (o ¿finalmente no cierra?) era necesario poner otra cantinela en marcha. En los últimos meses hay algo que inunda podcasts, posts y workshops como si alguien hubiera encontrado la nueva piedra filosofal. Paul Graham (cofundador de Y Combinator, la incubadora de startups más importante del mundo) ha soltado en X lo siguiente: “En la era de la IA, el gusto será aún más importante.” Y ya estaría. Gusto, taste, morro fino. Koen Bok, fundador de la herramienta de diseño Framer, dijo en un podcast que el “gran gusto” es lo que creará las mejores cancamusas del futuro. La app de bookmarking Sublime te promete construir “una biblioteca que refleje tu gusto” con recomendaciones de inteligencia artificial. Kyle Chayka, que es probablemente uno de los periodistas que mejor entiende la relación entre tecnología y cultura, acaba de escribir un artículo en el New Yorker desgranando todo esto.

La tesis es sencilla: ahora que la IA puede generar casi cualquier cosa (apps, imágenes, inversiones cual Llados en Polymarket, etc.) lo único que te diferencia es saber qué merece ser hecho. Si teóricamente la producción se ha democratizado, lo único que queda es el discernimiento. A ese separar la paja del heno, lo llaman tener gusto. Entiendo que buen gusto.

Suena bien. Suena incluso progresista ¿no? Cualquiera puede desarrollar el buen gusto si se lo propone. Pero hay un problema. Que no es verdad. Y que es una mentira más vieja que el tabaco.

La cuchara de plata

En 1899, un economista noruego-americano llamado Thorstein Veblen publicó La teoría de la clase ociosa. El libro tiene un capítulo que se titula, literalmente, “Cánones pecuniarios de gusto.” Lo que Silicon Valley acaba de descubrir en 2026, Veblen lo tenía bien perfiladito hace 127 años.

Veblen acuñó un concepto precioso: consumo conspicuo. Vamos, que la élite no consume para satisfacer necesidades, consume para demostrar que puede permitírselo. Y cuanto más inútil sea el consumo, mejor funciona como señal de estatus. Y punch. Tiene un ejemplo que es, ¡ay!... Ay lo que es. Veblen habla de una cuchara de plata labrada a mano que vale entre diez y veinte dólares. Al lado, una cuchara idéntica… pero hecha a máquina. Misma forma, mismo material, misma utilidad. Igualitas. Pero si descubres que la primera es en realidad una imitación, su “belleza” cae un 80-90%. Veblen concluye que lo que llamamos belleza es, en gran parte, satisfacción de nuestro sentido de lo caro disfrazada bajo el nombre de belleza. Es decir: no es bello porque es bello, es bello porque es caro. Y lo que es caro señala quién puede permitírselo y quién no. MONEDA, SEÑORA.

Pero Veblen fue más allá del consumo. Habló de algo anterior y (tal vez) más difícil de señalar: el ocio conspicuo. La capacidad de demostrar que tienes tiempo. Horas libres. Huecos en el Google Calendar. Tiempo para aprender modales, para adquirir conocimientos que no sirven para nada productivo, esas sensibilidades tan puturrú de fuá. Asuntos que son, dice Veblen, una prueba de que la persona ha dedicado su tiempo a algo improductivo y eso, paradójicamente, es lo que le da valor social. Saber de vinos naturales, de arte contemporáneo, de arquitectura brutalista, de música minimalista, etc. Todo eso no es útil en un sentido práctico, funcional, en clave de supervivencia. Es una señal de que puedes permitirte no trabajar. El gusto es caro porque requiere ocio, y el ocio es… un lujo. Vamos atando cabos juntas ¿no?

Ochenta años después, Pierre Bourdieu la clavó definitivamente en La distinción. Lo siento, sí, me toca volver con el gabacho. Bourdieu dice que el gusto no es una cualidad innata ni una sensibilidad que “algunos tienen y otros no”. Es capital cultural. Y el capital cultural se hereda igual que el dinero. Pero tiene un venenito especial: se siente fundado por naturaleza (otra vez vengo con esto PESADA). El que tiene buen gusto no piensa “tengo buen gusto porque mis padres me pagaron Saint Martins.“ Piensa “tengo buen gusto” y punto. Y al hacerlo, arroja a los otros al escándalo de lo antinatural. Tu gusto es vulgar. El mío es natural. Y te callas la boca. Porque obviamente, juzgar desinteresadamente es un lujo que requiere tener las necesidades cubiertas. Solo cultivas el ojo cuando tienes las manos libres. Obviamente hay más capas, estoy simplificando, pero es importante desmontar el marco.

Ahora Paul Graham nos viene con que el gusto es “the last moat”, el último foso defensivo, en la era de la IA. Traducido con todo lo que hemos dicho hoy por aquí: si la tecnología ha igualado las herramientas, la élite necesita un nuevo filtro para seguir arriba. Y el filtro es, otra vez, el gusto. Que casualmente requiere las mismas cosas de siempre: el MBA, el viaje para ver museos, el acceso a círculos de gente chachi, etc.

La pionera en compartir música que lo empezó todo vendida por 207 millones  de dólares - NotebookCheck.org News
Napster Chat Rooms, circa 2001.

Las primeras dos décadas de internet fueron, entre otras muchas cosas, una máquina de demoler el ocio conspicuo de Veblen. De repente, cualquier persona con una conexión podía acceder a los mismos textos, las mismas películas, la misma música, los mismos archivos de arte que antes solo estaban en bibliotecas universitarias o colecciones privadas. Napster puso 80 millones de personas a compartir música desde sus discos duros: un chaval de 19 años con un software P2P hizo más por democratizar el acceso a la cultura que décadas de políticas públicas. YouTube, los blogs, los foros especializados, Archive.org, Wikipedia. El conocimiento se desbloqueó. Y con él, la posibilidad de construirte un criterio (un gusto) desde un recodo de Cantabria con un ordenador y curiosidad.

No era perfecto. Y no fue inocente. Evgeny Morozov, el pensador bielorruso que lleva años desmontando el relato de Silicon Valley, ya avisó de que la narrativa de internet como fuerza liberadora era, en buena parte, la ideología de quienes la construían. La promesa de acceso universal siempre convivió con un modelo de negocio que necesitaba extraer valor de ese acceso. Primero te enganchan con lo gratuito, luego monetizan tu atención, luego monetizan tus datos y al final sacan tajada de tu necesidad de escapar del ruido que ellos mismos crearon. Pero aun así, la dirección era clarísima: internet democratizaba el acceso a las referencias que antes eran exclusivamente cosa de clases privilegiadas. Si podías leer los mismos libros que un alumno de Harvard, ver las mismas películas que un cineasta de Cannes, escuchar la misma música que un DJ de Berlín… entonces el gusto dejaba de ser exclusivamente un producto del privilegio material. Dejaba de funcionar como filtro social. Y eso, para la élite, era aterrador.

Porque si cualquiera puede tener buen gusto, el gusto pierde su valor como señal de estatus. Si todo el mundo puede escuchar a Coltrane, saber de Coltrane ya no te distingue de nadie. Pero creo que todos somos conscientes de cómo, de manera paulatina, Internet intenta echar el cerrojo por un lado y por otro.

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